Tapachula, Chiapas.— A las 7:40 de la mañana, cuando el sol apenas comenzaba a calentar las banquetas y el tránsito todavía no desbordaba la ciudad, los alumnos de la Escuela Adventista “Amado Nervo” formaban filas con un propósito distinto al de cualquier lunes. No era solo el homenaje cívico ni la rutina de cuadernos abiertos: era el Día de la Bondad, una fecha que en el calendario escolar promete algo más que discursos.
La expectativa parecía sencilla y luminosa: niños entregando desayunos, sonrisas espontáneas, gratitud compartida. Una escena que, vista desde lejos, podría resumirse en una fotografía amable. Sin embargo, la realidad cotidiana —esa que habita las esquinas, los puentes y las aceras de Tapachula— aguardaba con otra textura.
Todos querían ir. Todos estaban listos. Pero el maestro explicó que solo seis alumnos de quinto “B” participarían esa mañana. “No pueden ir todos; iremos por turnos”, dijo con voz serena, intentando equilibrar el entusiasmo con la organización. Dos padres de familia acompañarían al grupo. Las instrucciones fueron claras: respeto, prudencia, hablar con cortesía. No se trataba solo de entregar alimentos, sino de aprender a mirar.
Después del homenaje, el pequeño contingente salió de la escuela. El maestro Genaro encabezaba la marcha. Recorrieron la 4ª Sur, desde la 20 Poniente hasta las inmediaciones de Sam’s Club. La ciudad, ya despierta, mostraba su rostro habitual: trabajadores apresurados, motocicletas zigzagueando, vendedores acomodando mercancía. Y, entre esa prisa, personas que sobreviven en la intemperie.
Una niña sostuvo con ambas manos un traste blanco y una bolsa azul. Dentro, un desayuno preparado por los padres de familia. Se acercó con paso breve pero decidido. “Somos de la Escuela Adventista Amado Nervo, hoy es el Día de la Bondad y Dios le envía este desayuno”, dijo, casi de memoria, aunque la emoción le quebraba apenas la voz. El hombre que recibió el alimento levantó la mirada con sorpresa, como si no esperara ser destinatario de nada esa mañana.
Mateo, otro de los alumnos, repitió el gesto unas cuadras más adelante. “Dios lo ama y le envía este desayuno”, expresó con convicción aprendida en casa. No hubo discursos largos. Solo el intercambio silencioso de manos pequeñas ofreciendo y manos adultas recibiendo. En cada entrega, la escena se repetía con variaciones mínimas: una sonrisa tímida, un “gracias” apenas audible, un gesto de bendición.
La expectativa social del Día de la Bondad suele pintar la generosidad como un acto festivo, casi inmediato en su recompensa. Pero la realidad es menos espectacular y más profunda. No todos reaccionan con lágrimas ni con abrazos. Algunos reciben el alimento con discreción, otros con desconfianza inicial. Hay quien baja la mirada, quizá por vergüenza o por costumbre. Y ahí, en ese contraste, la lección cobra otro sentido: la bondad no transforma el mundo en un instante, pero sí abre una grieta en la indiferencia.
Mientras caminaban, los niños entendían que la ciudad no es solo el espacio donde estudian y juegan, sino también el escenario donde conviven distintas realidades. El maestro Genaro, atento a cada paso, cumplía con las indicaciones de la dirección escolar, pero también observaba cómo sus alumnos aprendían fuera del aula. No era una clase tradicional, aunque llevaba implícita una enseñanza antigua: “Es mejor dar que recibir”.
En otras iglesias y puntos de la ciudad, otros alumnos hicieron lo propio. Al regresar a la institución, el bullicio habitual del recreo parecía distinto. No traían trofeos ni medallas, sino una experiencia. En el grupo de mensajes, el maestro escribió: “Hermosa experiencia para los alumnos. Dios les bendiga por participar en esta noble labor. Muchas gracias”.
La jornada concluyó sin aplausos multitudinarios ni cámaras. Solo el recuerdo de unas manos extendidas y unas palabras sencillas pronunciadas con fe infantil. En una ciudad marcada por el contraste social, seis niños caminaron algunas cuadras y comprobaron que la bondad no es una consigna decorativa, sino un acto concreto, breve y silencioso.
Quizá mañana la rutina vuelva a imponerse. Pero este lunes, en medio del ruido urbano, hubo un instante en que la generosidad dejó de ser expectativa y se convirtió en experiencia. Y para esos niños, la frase aprendida en casa y en la escuela dejó de ser cita bíblica para volverse certeza: es mejor dar que recibir.


















